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La noche más oscura de Mario Salas: Apuestas son apuestas

Ante Irak, el técnico de la sub 20 sufrió más que en cualquier otro partido. Y no fue precisamente por la derrota ni por el poco fútbol que demostró el equipo.

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Mario Salas sufrió en Antalya / Crédito: Agencia UNO


Por José Pablo Harz, desde Turquía

Por definición, una apuesta es correr un riesgo. Se gana o se pierde. No hay término medio. Por eso llaman la atención las palabras de Mario Salas, que caprichosamente insistió en que lo de hoy no fue un error. Está bien defender al plantel; el Mundial sigue y Chile debe pensar en Croacia. Pero a veces, una autocrítica no viene mal. Y más cuando los noventa minutos del partido el entrenador evidenció que él se estaba jugando un partido aparte. Le faltó poco para entrar a la cancha y trancar una pelota.

Desde los primeros minutos, el DT de la sub 20 se mantuvo al borde del campo. Al contrario de los dos partidos anteriores, cuando se turnaba con su asistente para dar las instrucciones, este sábado Salas quería controlar todos los detalles. Sabía muy bien que de perder todos los ojos lo mirarían a él. Y de ganar también. Esa es la gracia de apostar en el fútbol: asumir protagonismo.

Salas no dejó de gritar todo el partido. En el primer tiempo el que más lo sufrió fue Christian Bravo, que corría por el lado de la banca nacional. "Sigue, sigue, encara, encara", le gritaba al futbolista. Incluso, a ratos, se podía ver como discutía con el ex Universidad de Chile. No lo dejó tranquilo. Como tampoco dejó de apurar a los pasapelotas. Incluso era él quien en algunas ocasiones hizo ese trabajo. En la segunda parte fue Cristián Cuevas el que se llevó todos los retos.

Por momentos parecía que Marcelo Bielsa había vuelto a la banca de Chile: con las manos en la cintura y moviéndose de un lado para otro dentro de la zona delimitada, Salas alegaba al aire. Buscaba explicaciones. Por eso tuvo al banco de suplentes calentando desde el minuto 15 del primer tiempo, luego durante todo el entretiempo y en el segundo los envió a seguir trabajando a apenas reiniciado el partido. Hasta que se decidió. Apostó de nuevo. Y, sí, nuevamente no le apuntó.

El técnico hizo jugar a Ángelo Henríquez en punta (no gravitó) y puso a Bryan Rabello de enganche, quien precisamente no fue titular para no arriesgar una segunda amarilla, la que al final llegó. Además, de paso sacó a Óscar Hernández y dejó la contención abandonada a la suerte de Sebastián Martínez, que jugando solo en esa posición se vio sobrepasado por la velocidad de los iraquíes. Y así llegó el segundo gol.

En ese momento comenzó la resignación de Salas. Sus gestos se transformaron en manos al aire, en darle la espalda a las jugadas cuando aún no habían terminado e incluso en mostrarle a la banca la forma de parar una pelota. Esto luego de que su tercera modificación, Felipe Campos, no logró controlar el primer balón que le llegaba. En los descuentos le gritó al juez de línea para que apurara el partido.

Apenas escuchó el pitazo del árbitro, Salas se apuró en salir. Todos lo observaban. En minutos debía explicarle al país el porqué de sus decisiones. Y ahí falló por última vez. Las reglas del juego son claras: si uno se equivoca debe reconocerlo. Apuestas son apuestas.

 

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